
La pandemia de la COVID-19 transformó la sociedad de manera radical, pero pocos sectores han experimentado un cambio tan brusco y emocionante como la educación. Porque, ¿quién no encuentra fascinante pasar del aula al sofá de casa, con un ordenador que se desconecta en el momento más oportuno? Los docentes, esos héroes desconocidos, se convirtieron en improvisados arquitectos de nuevas formas de enseñar. Como si diseñar un puente con palillos no fuera suficiente, ahora había que hacerlo mientras los alumnos se dedicaban a cambiar el fondo de Zoom por imágenes de gatos bailarines.
Unos años después, la frustración es casi palpable: la distancia entre la imagen ideal del profesor que inspira vocaciones y el profesor real que intenta hacer funcionar el Wi-Fi es tan grande que, si fuera una carretera, necesitaríamos un par de áreas de servicio para descansar.
El problema de fondo: un sistema educativo vintage
Culpar a los docentes de la situación es, cuando menos, injusto. Ellos son el producto de un sistema educativo que se quedó atascado en algún lugar entre el “Windows 95” y la creación de Facebook. Mientras otros sectores como la salud se han modernizado con la tecnología (porque, sinceramente, nadie quiere un médico que todavía use sanguijuelas), la educación ha sido el bastión de la nostalgia. Y no una nostalgia simpática como la del vinilo, sino de esa incómoda, como cuando encuentras tus vaqueros del 2005 que nunca te quedaron bien.
Pero, claro, el mundo ha cambiado. Ahora ya no se trata solo de recitar la lección y poner una nota. Ahora toca ser diseñador de experiencias, influencer tecnológico y, de vez en cuando, terapeuta amateur de un alumnado que, entre emojis y TikToks, aún no sabe si la Revolución Francesa fue antes o después de la invención de la Coca-Cola. Y lo más curioso es que todo esto se espera con los mismos recursos de siempre y mucha, mucha paciencia.
La administración: el gran Houdini
Y, cómo no, la responsabilidad también recae en la administración educativa, siempre tan comprometida… al menos sobre el papel. Es ese tipo de compromiso que recuerda al de algunos políticos prometiendo mejoras sin concretar nunca fechas: “Sí, invertiremos en formación digital. ¿Cuándo? Ah, eso es un detalle menor”. ¿Los programas de formación? Fragmentados como un puzle con piezas de distintas cajas. ¿Las inversiones en tecnología? Bueno, tenemos ordenadores que funcionan… si tienes la suerte de que te toque uno que todavía tenga todas las teclas. ¿Y el acompañamiento? Quizás cuando el Ministerio de Magia envíe más personal. Mientras tanto, los docentes siguen inventando milagros con un presupuesto y unas condiciones horarias que harían llorar incluso a un mago callejero.
Ser docente: una vocación de resistencia
Ser profesor hoy es aceptar que el rol está en eterna transformación. “Quien se atreve a enseñar, nunca debe dejar de aprender”. Y quien se atreve a ser docente, tampoco debe dejar de respirar profundamente cada vez que aparece un nuevo decreto ley que promete cambiarlo todo y acaba cambiando… nada. Sin embargo, a pesar de todo, muchos profesores siguen al pie del cañón, buscando esa pequeña chispa de curiosidad en el alumnado que, aunque solo sea por un instante, les hace olvidar que el Wi-Fi se ha vuelto a caer.
Porque, al final, como dijo Mandela, “la educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”. El problema es que, ahora mismo, esa arma parece una espada de juguete y, si queremos que funcione de verdad, primero tenemos que empezar a cuidar a sus protagonistas: los docentes. Pero, ojo, sin prisas, que quizá el año que viene ya toque, ¿o no?
Imagen generada por el autor con Grok 2.
Esta obra tiene la licencia CC BY-NC-SA 4.0




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