Nota previa: el pequeño logotipo que acompaña este texto se muestra únicamente para identificar de qué hablamos y poder comentarlo desde un punto de vista de diseño. No tengo ninguna vinculación con la entidad ni este post expresa ninguna posición oficial.

Imagen: logotipo de SIAU (fuente: web oficial). Reproducido a tamaño reducido para un comentario crítico de su diseño.

Hay logos que “no te gustan” y luego hay logos que, en medio segundo, te explican por qué existe la palabra despropósito. Este hace exactamente lo que un logo no puede hacer: activa una imagen mental que no controlas… y ya no hay marcha atrás.

Porque antes que “sindicato” o “docentes”, el cerebro lee algo mucho más básico: una forma orgánica, colgante, con un apéndice inferior y tres líneas saliendo de arriba. Y sí: la lectura involuntaria es inmediata. No es una metáfora sutil ni una abstracción intelectual. Es anatomía. Y si la primera lectura es “testículo”, el mensaje institucional ya llega tarde a clase.

El problema central es la combinación de elementos. Por un lado, tienes un volumen ovoide con asimetría y contorno irregular: eso es “cuerpo”, no “idea”. Por otro, un trazo que baja como si tuviera gravedad propia: eso sugiere “colgar”. Y luego vienen las tres líneas que salen de la parte superior, que aquí son clave porque son rectas. Las líneas rectas y limpias el cerebro las interpreta como trazo deliberado, como “señal” o “pictograma”, no como textura casual. En un símbolo ya biológico, esas líneas rectas funcionan como los tres trazos de viñeta que, sin querer, te dicen: “aquí hay pelo”. No aportan ninguna idea alternativa; refuerzan la lectura corporal.

Esto es lo que mata el logo: no da pistas para leer otra cosa. Si pretendía ser una “A” estilizada, un gesto, una persona, un símbolo de voz colectiva… no hay ninguna estructura que te conduzca ahí. La abstracción funciona cuando es ambigua pero orientada. Aquí es ambigua, sí, pero orientada hacia el lugar equivocado.

La tipografía “SIAU” debajo tampoco hace de anclaje. Es una sans serif neutra colocada como una etiqueta: no dialoga con el símbolo, no lo resignifica, no lo domestica. El resultado es como si el texto estuviera diciendo “no me mires así”: señala el dibujo, pero no lo corrige.

Y en el caso de un sindicato docente (o cualquier organización que necesite credibilidad), el problema se multiplica. Una identidad visual de este tipo debería transmitir claridad, solidez, confianza, colectivo, defensa. Aquí tienes una forma solitaria y extraña que no comunica ni grupo, ni protección, ni idea compartida. Comunica una broma involuntaria. Y el peor pecado en diseño no es ser feo: es ser cómico sin querer. El humor no está controlado; es el público quien se ríe, no el autor quien lo decide.

Además, este logo empeora con el uso, lo cual es casi un manifiesto antigráfico. En pequeño, en una firma de correo, un favicon o una fotocopia, el símbolo se simplifica todavía más y la lectura “anatomía + tres rayas” se vuelve más clara. Un buen logo aguanta reducción, monocromo y mala impresión. Este, en cambio, se convierte en un pictograma de baños cuanto menos píxeles tienes.

Todo esto no es “manía” ni “maledicencia”: es percepción básica. El cerebro está programado para reconocer formas corporales a la mínima y para completar patrones con la interpretación más rápida. Si la interpretación más rápida es la que es, la marca queda secuestrada.

Si hubiera que arreglarlo con criterio (y con un mínimo de amor propio), haría tres cosas simples: primero, decidir qué debe comunicar (colectivo, defensa, educación, territorio… una idea concreta). Segundo, elegir una metáfora visual que no pase por “formas orgánicas pendulares”. Tercero, construir una relación real entre símbolo y tipografía para que no parezcan dos piezas que se han conocido en el pasillo.


Imagen generada por el autor con Sora.


Esta obra tiene la licencia CC BY-NC-SA 4.0.

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