
La imagen es de esas que no se explican: se imponen. Un hombre con traje oscuro, pose de estadista de cartón piedra, una mano clavada en el atril y la otra proyectada hacia arriba con el ángulo exacto que hace saltar alarmas a cualquier cerebro mínimamente alfabetizado en el siglo XX. Detrás, una bandera gigantesca, pero no la bandera real: una bandera estilo bandera pasada por un filtro de “gloria antigua” y de polvo nostálgico, como si la historia fuese un vinilo rayado que suena mejor así, con ruido de fondo. El grano, la textura envejecida, el contraste dramático ayuda a entenderlo mejor: todo grita propaganda, épica de almanaque, esa estética de “salvemos la patria” que suele acabar con libros ardiendo, pero que siempre empieza con un buen diseño gráfico.
No hace falta entrar en el debate de quién es exactamente el hombre de la foto; de hecho, lo más interesante es que ya no importa demasiado. En nuestra época, la identidad es secundaria: el gesto es el producto. El brazo en alto es un logotipo instantáneo. Y como cualquier logotipo, puede “reinterpretarse”, “contextualizarse” y “optimizarse” hasta que deje de significar lo que significa.
Y aquí entran las explicaciones de la ultraderecha: ese deporte de alta competición consistente en negar lo evidente con la misma naturalidad con la que se ajusta una corbata. Nos dicen que es un saludo “mal entendido”, un “hola” entusiasta, una “broma”, un “gesto espontáneo”, una “imitación irónica”, un “meme” —esa palabra mágica que convierte cualquier cosa en inocencia. Si el brazo sube, es un saludo. Si el ángulo recuerda demasiado a cierta iconografía, es culpa de quienes lo ven: “sois vosotros los obsesionados”. Si hay una lectura política, es paranoia. Y si hay intencionalidad, es “libertad de expresión”, que es la manera contemporánea de decir “yo puedo hacer lo que me dé la gana y tú tienes que sonreír”.
El truco es viejo, pero ahora tiene Wi-Fi: ambigüedad performativa. Hacer un gesto que sabe lo que evoca, pero que siempre puede escaparse por una puerta lateral. Un símbolo que funciona como un silbato para perros: lo bastante alto para quien lo espera, lo bastante bajo para quien quiere fingir que no existe. Esto no es un error de comunicación; es la comunicación misma. La gracia es dejarte sin asidero: si criticas, eres histérico; si callas, has normalizado. Es una trampa elegante: te hace discutir sobre la geometría del brazo mientras te cambian los muebles de sitio.
Porque el gesto no va solo. El gesto viene con pack completo: estética, relato y, sobre todo, una operación de lenguaje. Antes, las palabras servían (más o menos) para entendernos. Ahora sirven para desactivar. Si un saludo es un saludo, no hace falta argumentar mucho. Pero si consigues que “saludo” sea una palabra discutible, ya tienes medio partido ganado. La batalla no es por el significado del gesto; es por el derecho a decidir que no hay significados fijos. Es decir: por el derecho a imponer tu significado cuando te conviene y negarlo cuando te perjudica.
En esta época, “libertad” a menudo significa “impunidad”. “Neutralidad” significa “mi sesgo es el de fábrica”. “Debate” significa “fatigarte hasta que te rindas”. “Humor” significa “agresión con cojín”. Y “hecho” significa “lo que circula lo suficiente como para parecer cierto”. El lenguaje ya no refleja la realidad; la administra. Como un servicio de suscripción: hoy tienes acceso a la verdad básica; si quieres matices, paga el plan premium.
Y es aquí donde el brazo en alto encaja como un guante (un guante de piel, vintage, con olor a naftalina), porque nuestro tiempo tiene una estructura política curiosa: vivimos en democracias formales, pero con relaciones económicas y tecnológicas cada vez más feudales. El feudalismo clásico tenía señores, vasallos, siervos y diezmos. Nuestro neofeudalismo tiene magnates, seguidores, usuarios y suscripciones. Tiene “términos y condiciones” que nadie lee y que deciden más cosas que muchas leyes. Tiene algoritmos que son como edictos invisibles: no te prohíben hablar, pero deciden si alguien te escuchará. Y tiene una nueva forma de renta: la renta de la atención. No trabajas la tierra; trabajas tu propio tiempo. No pagas con sacos de grano; pagas con datos, clics y nervios.
El señor feudal moderno no necesita armadura. Le basta un aura de genio, una promesa de futuro y una legión dispuesta a confundir carisma con competencia moral. Cuando alguien así hace un gesto cargado de ecos autoritarios, no es un lapsus: es un síntoma. El poder, cuando se concentra, tiende a hacerse gesto. A teatralizarse. A exigir reverencia sin pedirla explícitamente, como quien deja la mano en el aire esperando que alguien la bese.
La pieza maestra del sistema, sin embargo, no es el gesto ni la palabra; es el ruido. Vivimos bajo una lluvia continua de estímulos: titulares, hilos, notificaciones, reacciones, hot takes, memes que resumen la complejidad en una mueca. No es solo que haya demasiada información; es que hay información diseñada para que no puedas jerarquizarla. Un torrente que te hace resbalar. Cuando todo es urgente, nada es importante. Cuando todo es debatible, nada es real. Cuando todo se puede ironizar, nada es responsabilidad.
Y aquí el gesto vuelve a ser útil: un gesto ambiguo es una bomba de dispersión informativa. Genera horas de discusión sobre semántica corporal: “ángulo”, “contexto”, “intención”. Un debate perfecto porque no resuelve nada, pero ocupa todo el espacio. Mientras tanto, lo sustancial —la concentración de poder, la precarización, la captura de las instituciones por intereses privados, la normalización de la brutalidad— avanza como una excavadora silenciosa.
La inundación informativa no es un defecto del sistema: es un método de gobierno. Cuando estás agotado, no organizas nada. Cuando estás indignado cada cinco minutos, no construyes nada. Cuando estás ocupado interpretando gestos, no preguntas quién está escribiendo las reglas.
Por eso esta imagen funciona tan bien: porque es un resumen visual del momento. El brazo arriba no es solo un brazo arriba. Es la promesa de un orden simple, vertical, confortable para quien manda y seductor para quien está cansado. Es la fantasía de un mundo sin fricciones, donde los problemas complejos se resuelven con una voz fuerte, un enemigo claro y una estética contundente. Es la eterna oferta autoritaria: “Déjame hacer, yo lo arreglo”. Y el precio, como siempre, es que lo arregla para él.
Las explicaciones de la ultraderecha no son defensas; son guías de uso. Te enseñan cómo consumir el símbolo sin sentir culpa. Cómo participar en la complicidad manteniendo la coartada. Cómo jugar con fuego y, si quema, decir que solo te estabas calentando las manos.
Y nosotros, que somos modernos e informados, caemos con una elegancia admirable. Porque también tenemos una fe casi religiosa en el debate infinito, en el “todo es matizable”, en la idea de que la realidad se resuelve con un hilo de veinte tuits y un par de “pero”. Nos cuesta aceptar que hay gestos que no son confusiones, sino mensajes. Que hay ambigüedades que son armas. Y que hay gente que no quiere dialogar: quiere agotarte.
No se trata de ver fascistas en cada esquina como quien ve caras en las nubes. Se trata de no hacerse el distraído cuando un símbolo juega con una historia de sangre y sumisión. No porque la historia sea un museo; porque la historia tiene la mala costumbre de repetirse cuando le dejas el escenario libre y al público distraído.
El neofeudalismo no llegará con trompetas, llegará con una UX impecable. La perversión del lenguaje no vendrá con diccionarios quemados, vendrá con eufemismos bien empaquetados. Y la inundación informativa no vendrá con censura, vendrá con abundancia: tanta, que la verdad será solo una gota más.
Así que, sí: analicemos el gesto. Pero no como quien mira el dedo y olvida la luna. Miremos el gesto como lo que es: una pieza de una maquinaria que quiere que todo sea interpretable menos el poder. Y recordemos una idea escandalosamente antigua: algunas cosas significan lo que significan, aunque alguien con muchos seguidores asegure lo contrario.
Porque si renunciamos a llamarle “gesto” al gesto, acabaremos llamándole “destino” a lo que no es más que un proyecto político. Y entonces sí que el brazo, en lugar de un símbolo, será una orden. Y ya sabemos cómo termina esta película: con mucha bandera al fondo y muy poca gente delante.
Imagen generada por el autor con Sora.
Esta obra tiene la licencia CC BY-NC-SA 4.0.





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