Sí, al parecer ahora toca hablar de los burkas. ¿Lo dice el calendario escolar? ¿Lo marca el BOE? ¿Lo exige la realidad material, como la subida del alquiler o la calefacción que no calienta? No. Lo marca otra cosa mucho más poderosa: el instante exactísimo en que los medios deciden que “esto toca”. Y, por arte de encantamiento, el asunto pasa de no existir a convertirse en conversación de sala de profesores (pública, concertada, privada y, si me apuras, en la cola del súper, entre el detergente y las lechugas).

La sala de profesores es una institución moral del país. Allí se resuelven guerras, se decide el destino de la lengua, se arregla el mundo, se gestan golpes de estado y, de vez en cuando, se hace café. Y cuando un tema entra, ya no sale: se enquista como una humedad. Por eso es tan eficaz que la agenda facha elija asuntos de este tipo: pequeños, vistosos, inflamables y perfectos para hacerlos rodar como una pelota de ping-pong entre indignaciones.

Y ahora la pelota es el “burka”. Burka. Esa palabra tan útil: corta, contundente y lo bastante exótica como para excitar la tertulia. El primer truco es este: decir “burka” como quien dice “plaga”. El segundo truco, todavía mejor: fingir que es un fenómeno masivo. El tercero, el definitivo: hacerte sentir responsable si no tienes una opinión inmediata, firme y escandalizada.

Empecemos con una pregunta indecentemente sencilla: ¿cuánta gente hemos visto, nosotros, con un burka? Burka estricto, modelo afgano, no “cualquier cosa que me parezca musulmana cuando voy con prisa”. ¿Cuántos? ¿Dos? ¿Uno? ¿Ninguno? Yo diría que la mayoría de la población española ha visto más veces un dinosaurio de plástico que un burka real.

Y aquí viene la parte que le hace daño a la conversación: no hay una estadística oficial en España sobre cuántas mujeres llevan burka o niqab. Lo que circula son estimaciones. La cifra orientativa que se ha publicado es esta: unas 500 mujeres en España usarían velo integral (burka + niqab). Y como 500 suena a “mucho” si no lo comparas con nada, comparemos: en España hay aproximadamente 25.237.515 mujeres residentes (dato provisional a 1 de enero de 2026). El cálculo es tan prosaico que da vergüenza: 500 / 25.237.515 = 0,002%. Dicho de otro modo: unas 2 mujeres por cada 100.000. O 20 por cada millón.

Eso es lo que pasa cuando pones números al miedo: el miedo se ofende.

Y como la cifra “500” es una estimación y, encima, no es de ayer, lo único honesto es hablar de orden de magnitud. Pongamos que fueran “centenares”: 200–1.000. Aun así, nos movemos entre 0,0008% y 0,004%. Traducción: menos de 4 mujeres por cada 100.000. Es lo que los expertos describen, con una delicadeza envidiable, como “estadísticamente irrelevante”.

Ahora bien: si es tan irrelevante, ¿por qué hablamos tanto de ello? Porque la agenda facha funciona así: coge una excepción microscópica y la convierte en una amenaza civilizacional. Es una especie de alquimia inversa: convertir el grano de arena en alud, y el alud en ley.

Además, está el detalle lingüístico, que es la gran intoxicación de las conversaciones: decir “burka” pero mezclarlo con burka/niqab con hiyab. Y entonces el debate ya no es sobre “velo integral”, sino sobre “todo lo que me molesta porque me obliga a admitir que el mundo es diverso”. Y así, sin que te des cuenta, pasamos de “seguridad” a “identidad”, de “identidad” a “moral” y de “moral” a “prohibición”. Es una escalera muy bien hecha: sube sola.

Pero volvamos a nosotros, los individuos, que es donde se supone que empieza la política decente: ¿en qué nos afecta, realmente, a nosotros, como individuos, que exista el velo integral? ¿En qué te cambia el día, el burka? ¿Te sube la hipoteca? ¿Te arregla la lista de espera? ¿Te mejora el sueldo? ¿Te pone calefacción en el centro? ¿Te resuelve la conciliación? ¿Te baja el precio de la comida? ¿Te quita la burocracia de encima? ¿Te hace la vida menos cara, menos cansada, menos humillante?

No. Pero te da algo muy apreciado: un enemigo fácil.

Aquí es donde entra la pregunta que casi nunca nos hacemos, porque es más incómoda que indignarse: ¿nos hemos preocupado de constatar si de verdad supone un problema como para dar un paso voluntario hacia la intolerancia trumpista? Porque esa es la otra magia: cuando te han convencido de que “esto es un problema enorme”, ya tienes medio camino hecho para aceptar medidas que, en frío, te parecerían indecentes. Es el mismo mecanismo mental de cuando te venden una alarma: primero te asustan, luego te ofrecen la cerradura. Y la cerradura, en política, siempre tiene un precio: normalizar la intolerancia como “sentido común”.

Claro que hay preguntas legítimas. Las hay. Por ejemplo: ¿qué pasa con la coacción? ¿qué pasa con las mujeres obligadas? ¿qué pasa con la libertad real, que no es solo teórica? Pero fíjate en la jugada: la conversación pública no suele ir hacia políticas sociales, educativas, de protección, de acompañamiento, de empoderamiento material. No: va hacia la medida estrella de la derecha identitaria: prohibir. El gesto rápido, viril, fotogénico. La política como puñetazo en la mesa. El Estado como padre enfadado.

Y mientras discutimos esto (esta anécdota convertida en cruzada), ¿cuántos problemas mucho más relevantes pasan de puntillas porque no dan el mismo rendimiento emocional?
La precariedad que se ha hecho normal. El precio de la vivienda que te expulsa del sitio donde vives. La sanidad que se desinfla a base de “ya lo miraremos”. La educación haciendo malabarismos con recursos insuficientes. La salud mental tratada como una moda. La crisis climática avanzando mientras nosotros discutimos ropa.

Pero es que aquí está el punto clave: quizá estamos aceptando las reglas del juego. Y las reglas del juego son estas:

  1. Alguien elige un tema pequeño pero incendiado,
  2. los medios lo amplifican porque da clics y tensión,
  3. nosotros entramos porque no queremos quedar como los que “no ven el problema”,
  4. el debate real (la priorización) queda destruido,
  5. la democracia se empobrece, porque una democracia sin priorización es solo ruido.

Esto es mucho más grave que cualquier prenda. Porque es un mecanismo de gobierno: no del gobierno de turno, sino del gobierno emocional del debate público.

Y ahora la pregunta que da más miedo a quienes fabrican estos temas: ¿nos hace más felices ser intolerantes?
Hay gente que dice que sí. Que el odio da identidad, que la superioridad moral da calor, que señalar a alguien da una sensación de control. Es una felicidad curiosa: dura lo que dura el azúcar, y luego deja resaca. Pero es una felicidad rentable, eso seguro.

Y para terminar, un poco de futuro inmediato, que es el único futuro que solemos gestionar: mañana, o pasado mañana, cuando los medios ya no se hagan eco de esta memez, ¿seguirá preocupándonos? No. Pasaremos a otra alarma. A otra palabra corta y excitante. A otro objeto simbólico que no hemos visto nunca pero que, por lo que sea, “nos amenaza”.

Por eso, quizá, la actitud más revolucionaria hoy es algo tan sencillo como esto: no jugar. O, al menos, jugar con trampas a nuestro favor: pedir datos, poner proporciones, exigir relevancia, recordar que 0,002% no es una invasión, y que una sociedad que se obsesiona con una minoría microscópica está haciendo exactamente lo que le han pedido.

¿Ahora toca hablar de los burkas?
Si “toca” quiere decir “nos conviene”, yo diría que no.
Si “toca” quiere decir “lo quieren ellos”, entonces sí: toca perfectamente. Y suena fuerte.

Y eso, en la sala de profesores, debería poder decirse en voz alta, antes de que nos cambien el temario de la democracia por una lista de objetos sobre los que indignarnos.


Ilustración generada por el autor con Sora.


Esta obra tiene la licencia CC BY-NC-SA 4.0.

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