Se ha instalado una idea peligrosa: la dureza no solo se tolera, se premia. La burla, el desprecio y la humillación han pasado de ser un defecto a ser una pose que se vende como si fuera valentía. En el entorno digital, ese estilo funciona porque es rápido, llamativo y adictivo. Genera impacto, el impacto genera reacciones, y las reacciones multiplican el alcance, y con el alcance se mueve mucha pasta. Al final, lo que se impone no es el mejor argumento, sino el tono más agresivo.

En este escenario, el autoritarismo gana terreno a escala global y lo hace con una receta repetida: convertir la política en espectáculo, presentar los derechos como un lujo, y ofrecer “soluciones” basadas en recortes y castigo. La figura del líder que “arrastra” y “limpia” con una motosierra simbólica resulta atractiva para quien se siente frustrado, porque da una sensación de orden inmediato, aunque el precio real sea menos garantías, más desigualdad y unas instituciones más débiles.

La normalización de este clima no nace solo de los parlamentos. Se alimenta cada día en directo, en Twitch, YouTube, TikTok y X. Aquí es donde aparecen los influencers ultras disfrazados de transgresores, creadores que, intencionadamente o no, hacen circular una mirada del mundo basada en la jerarquía, la ridiculización y el “que se apañen”. E. X. es un caso paradigmático por volumen de audiencia y capacidad de arrastrar conversaciones: cuando una figura así convierte el desprecio en entretenimiento y el insulto en identidad, lo que cambia es el marco de lo que se considera aceptable. Y cuando el marco se desplaza, muchas personas acaban repitiendo el lenguaje antes de haber pensado el contenido. No es que un streamer “cree” un movimiento, es que acelera hábitos: polarización, desconfianza, y una forma de discutir que solo busca dominar.

En España, esta dinámica cae sobre un terreno ya tenso: vivienda cara, precariedad, servicios públicos exigidos al límite y un clima de fatiga política. En este contexto, el campo progresista tiene una responsabilidad muy concreta, sobre todo la gente que se siente más a la izquierda que el PSOE: hacer entender a los espacios políticos con los que se pueden identificar que sin coordinación se entra directamente en una trampa matemática. No es una cuestión de ego, ni de siglas, ni de quién tiene más razón. Es una cuestión de cómo se convierten votos en escaños.

La regla básica es sencilla. El Congreso tiene 350 diputados, pero no se reparten en una circunscripción única. Se reparten por provincias, y cada provincia hace su propio recuento. Eso significa que hay territorios con pocos escaños en juego, donde cualquier división penaliza mucho. La ciudadanía vota listas cerradas, y para entrar en el reparto hay que llegar a un mínimo de porcentaje dentro de esa provincia. Después, los escaños se asignan con la fórmula d’Hondt, que, cuando el número de escaños es reducido, tiende a dar ventaja a quien va por delante y a dejar fuera opciones que, sumadas, tendrían fuerza.

Traducido sin tecnicismos: en muchas provincias pequeñas y medianas, dos candidaturas similares pueden repartirse el apoyo hasta el punto de que ninguna obtenga diputado, mientras que el bloque contrario, con el voto más concentrado, sí que consigue representación. En cambio, si esos mismos votos van juntos o al menos ordenados con acuerdos previos, la probabilidad de sentarse en el Congreso crece de manera notable. Aquí es donde el sistema puede jugar a favor de las opciones a la izquierda del PSOE porque permite reducir pérdidas cuando se evita competir de forma autodestructiva en plazas donde cada escaño es carísimo.

Por eso, el encargo que tiene la sociedad progresista no es solo movilizarse, es orientar. Exigir que se pacte con tiempo, que se establezcan criterios claros para configurar candidaturas, y que se garantice un proyecto compartido en lo esencial. Sin eso, el riesgo es que la indignación se transforme en dispersión y la dispersión en regalos electorales a quien llega con el relato del tijeretazo rápido, el desprecio y la revancha.

El momento actual no se resolverá solo con discursos morales ni creyendo tener la razón. Hace falta una respuesta que combine convicción con eficacia. Si el autoritarismo crece gracias al espectáculo y a la simplificación, la respuesta debe ser una propuesta sólida que no caiga en el barro, pero que entienda el terreno. Porque una papeleta, si no se traduce en representación, se queda en un gesto. Y frente al conservadurismo de motosierra, lo que decide es la suma que llega a escaño.


Ilustración generada por el autor con Sora.


Esta obra tiene la licencia CC BY-NC-SA 4.0.

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