
En todo el mundo se repite la misma escena: políticos que blanden símbolos religiosos, invocan valores eternos y se presentan como guardianes de una esencia nacional que, casualmente, solo ellos parecen capaces de defender. Hace reír, es verdad. A menudo todo tiene algo de opereta rancia, de devoción de plató, de solemnidad alquilada por horas. Pero detrás del esperpento hay algo bastante menos cómico: la religión convertida en instrumento de poder.
El mecanismo es simple y, precisamente por eso, eficaz. La religión permite transformar un conflicto político en una batalla moral. Aquello que en una democracia debería ser discutible (leyes, derechos, modelos de sociedad) pasa a presentarse como si fuera sagrado. Y cuando una opción política se viste de verdad superior, discrepar deja de parecer un derecho y empieza a parecer una traición. El rival ya no es solo un adversario: es un corruptor, un impío, una amenaza.
Esta deriva crece porque ofrece una respuesta fácil a un mundo difícil. En sociedades marcadas por la precariedad, la desorientación y la pérdida de referentes, la religión politizada proporciona identidad, orden y enemigos reconocibles. Reduce la complejidad a una consigna: nosotros somos los auténticos; los otros quieren destruirnos. No exige demasiada fe; exige pertenencia. Y eso, electoralmente, es oro.
También prospera porque la política convencional atraviesa una evidente crisis. Cuando no sabe garantizar prosperidad ni cohesión, compensa su impotencia con épica. En lugar de resolver problemas, dramatiza símbolos. En lugar de gobernar bien, administra resentimientos. La religión es ideal para esta operación porque otorga al poder una pátina de legitimidad moral y convierte las inseguridades sociales en cruzadas culturales.
El problema real aparece cuando este lenguaje sagrado erosiona el pluralismo. Si la nación se define en términos religiosos, toda diferencia se vuelve sospechosa. Las minorías, los disidentes, quienes no comulgan con el relato oficial, dejan de ser ciudadanos plenos y pasan a ser una molestia, una mancha, una presencia que vigilar. Aquí es donde el humor se acaba: el fanatismo no es solo una exageración retórica, sino una forma de justificar exclusiones muy concretas.
Las redes sociales han acelerado esta lógica hasta extremos bastante lamentables. La indignación religiosa, las ofensas amplificadas y los símbolos heridos circulan mejor que cualquier discusión seria. Todo lo que simplifica, excita y divide recibe premio. Y la religión politizada, convertida en marcador tribal, funciona perfectamente dentro de esta maquinaria.
No se trata de acusar a la religión en sí misma. La fe puede sostener comunidades, conciencias y formas nobles de resistencia. El problema es otro: cuando el poder la utiliza para fabricar obediencia, blindarse frente a la crítica y dividir la sociedad entre puros e impuros. En ese punto la religión ya no eleva nada. Solo disciplina.
Por eso conviene no confundir lo ridículo con lo inocente. Muchas de estas escenas hacen reír porque son excesivas, teatrales, incluso burdas. Pero sería un error pensar que, por grotescas, no son serias. Lo grotesco suele ser solo el uniforme vistoso de algo mucho más viejo y más oscuro: la tentación de convertir el miedo en identidad, la identidad en dogma y el dogma en poder. Y eso, qué quieren que les diga, no tiene ninguna gracia.
Iustración generada por el autor con Sora.
Esta obra tiene la licencia CC BY-NC-SA 4.0.


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