El sindicato SIAU me ha escrito. Ya es un hecho notable: hoy en día, cuando escribes sobre la imagen de alguien, la opción habitual es o bien el silencio ofendido o bien la amenaza en letra pequeña. Ellos han elegido una tercera vía: la cortesía con una sonrisa discreta.

Me han dicho, en esencia, que les ha “impresionado” mi lectura simbólica de su logo y que no habían conocido a nadie capaz de acercarse tanto a la realidad. Luego añaden, y aquí está el detalle que ennoblece a la especie, que, cuando lo definieron, el objetivo era todavía “más terrenal, antigáfico y absurdo” de lo que yo describía. Es decir: no solo aceptan la lectura involuntaria; la declaran, casi, patrimonio inmaterial.

Y yo, qué queréis que os diga: me ha sorprendido gratamente. No porque sea habitual que una institución te agradezca que le hayas señalado lo que el cerebro ve en medio segundo, antes de que la moral tenga tiempo de entrar en clase; sino porque han hecho una cosa rara: han cogido la lanza de la simbología y, en lugar de emplearla para embestir, la han plantado en el suelo como si fuera un mástil de bandera. Con esa serenidad que solo tiene quien sabe que el absurdo, cuando es voluntario, puede ser incluso una forma de honestidad.

En la entrada anterior yo hablaba de un símbolo “orgánico” con tres rayas que, por percepción básica, activa una imagen mental difícil de controlar. Pues bien: si ellos mismos me aclaran que la intención era “antigráfica”, lo que toca es completar el cuadro. Porque el antigrafismo no se acaba en la forma. El antigrafismo, si es serio, llega siempre a la tipografía.

Y aquí es donde entra la letra Macintosh.

La letra que te habla como un ordenador beis

En 1984, cuando el Macintosh arrancaba, te daba la bienvenida con un “Welcome to Macintosh” en una letra gruesa, cuadrada, un poco dentada, como recortada con tijeras de papel de envolver. Aquella letra se llamaba Chicago. Y no era una tipografía “de documento”, ni una floritura para quedar bien: era la voz de la máquina, la que te guiaba por los menús, los diálogos, los títulos de ventana, las etiquetas. Fue la tipografía de interfaz del Mac durante años, y acabó siendo una parte importante de la identidad visual de Apple.

Chicago, además, es de esas cosas que parecen modernas solo porque salen de una pantalla: en realidad es una pieza de artesanía hecha para sobrevivir a la pobreza técnica. Nació como letra bitmap (píxel a píxel), y la primera versión era, literalmente, de un solo tamaño (12 puntos). Incluso tenía un truco delicioso de miseria creativa: cuando el sistema quería mostrar texto “desactivado” (en gris), como no podía hacer grises de verdad, le quitaba píxeles alternos y, aun así, Chicago seguía siendo legible.

La diseñó Susan Kare, que es uno de esos nombres que explican por qué los ordenadores dejaron de parecer máquinas de oficina y empezaron a parecer objetos con cara humana. Antes de que “Chicago” fuese “Chicago”, todavía era más reveladora: se llamaba Elefont. Una elefanta tipográfica para pisar píxeles con paso firme.

Una tipografía que mira hacia atrás

Ahora viene la parte que me interesa, porque enlaza con el “pelo”. Chicago es una tipografía que mira atrás por un motivo muy simple: no presume de futuro. No es una letra que diga “soy minimalista, soy transparente, soy retina, soy aire”. No. Chicago dice: “tengo 512×342 píxeles, blanco y negro, y con eso tienes que apañarte”. Es una letra hecha con la humildad de quien sabe que la realidad tiene límites. Y eso, hoy, es casi un pensamiento revolucionario.

Esta es la paradoja preciosa: la letra que acompañó a uno de los símbolos tecnológicos del “futuro” (el Mac del 84) era, en el fondo, una letra de regreso. Regreso a la materialidad: al contorno, al corte, a la legibilidad sin anestesia, a la proporción ganada con píxel y paciencia.

Del pelo al píxel

Volvamos al logo de SIAU y a las tres rayas. Porque hay algo que, visto con calma, es casi enternecedor: esas rayas, en el fondo, son píxeles con vocación de pelo. O pelo con vocación de píxel. Depende del día y de la resolución.

Cuando una entidad te dice que quería ser “antigráfica y absurda”, y tú ves un símbolo orgánico que, en pequeño, se convierte en pictograma involuntario, lo que falta para cerrar el círculo es una tipografía que también tenga la decencia de no ponerse fina. Y ahí Chicago encajaría como un guante: cuadrada, directa, de una franqueza un poco beata, pero honesta.

Porque el peor pecado del diseño, ya lo decía, no es ser feo. Es ser cómico sin querer. Si, en cambio, lo cómico se asume, y el “manifiesto antigráfico” se declara, entonces al menos queda una cosa respetable: la coherencia. Y, para la coherencia, una letra que nació para hacer de voz de una máquina beige y limitada es una aliada perfecta.

Me ha gustado que SIAU responda como quien no se deja arrastrar por el drama: con educación, con una ironía bien peinada y con esa defensa de la libertad de expresión “también la gráfica” que, dicha así, parece una línea de menú que todavía funciona. Hoy, que todo el mundo confunde el desacuerdo con un ataque y lo ridículo con un delito, encontrar una réplica tan legible es casi un lujo tipográfico: poca grasa, buen cuerpo, y ninguna necesidad de efectos.


Imagen generada por el autor con Sora.


Esta obra tiene la licencia CC BY-NC-SA 4.0.

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